Quiero comenzar compartiendo un versículo que ha marcado profundamente mi vida y mi caminar diario:
«Cambiad vuestra manera de pensar, para que así cambie vuestra manera de vivir»
(Romanos 12, 2)
Con este versículo comprendí que la vida está hecha de momentos hermosos, colmados de la alegría del amor y las bendiciones diarias, pero también de tormentas y dolores que, en ocasiones, se sienten como un verdadero valle de lágrimas, sin embargo, es precisamente en la oscuridad donde el Sagrado Corazón de Jesús brilla con más fuerza. Él mismo nos lo asegura:
«Para los que aman a Dios, todo les sirve para bien»
(Romanos 8, 28)
Aunque el camino esté marcado por pruebas —violencia, abandono, traición, enfermedad o incluso la muerte—, nada escapa al plan amoroso de nuestro Padre celestial. Él es capaz de transformar el sufrimiento en gracia, el quebranto en fortaleza y la muerte en resurrección.
Así me condujo a la verdadera conversión: no como un momento mágico o pasajero, sino como un encuentro personal, profundo y continuo con su Amor Misericordioso.
Cuando el mundo falla —cuando fallan la familia, la pareja, la salud, el trabajo, los negocios o la profesión— y todo aquello que parecía firme se derrumba, Jesús te espera con los brazos abiertos en su Sagrado Corazón y dice:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré»
(Mateo 11, 28)
Para mí, todo comenzó a cobrar verdadero sentido después de vivir el Retiro de Emaús. Aquella experiencia abrió los ojos de mi corazón y me dio la certeza de que Jesús Resucitado camina siempre a mi lado: me escucha con infinita ternura, entró en mi vida para siempre, enciende mi corazón cada día con su Palabra y me colma de una alegría y una esperanza que nadie puede arrebatarme.
Las peregrinaciones que vinieron después — la visita diaria al Cerro de los Ángeles, Fátima, el Camino de Santiago, Medjugorje y Tierra Santa— consolidaron una fe que ya habitaba en mí desde la infancia, sembrada con tanto amor por mi querida abuelita, y la sencillez de mi madre.
He aprendido que toda peregrinación puede ser un nuevo comienzo. En ese camino, la Virgen María nos toma de la mano y nos conduce hasta su Hijo. Él nos invita a dejar atrás el pecado, el resentimiento y el miedo; nos llama a consagrarnos a su Sagrado Corazón y a decirle con humildad y verdad:
«Señor, refina mi corazón herido para que pueda recibirte plenamente en la Eucaristía».
Nos ayuda a pasar de sentirnos víctimas a sabernos hijos e hijas profundamente amados; de ser esclavos del pasado a vivir como personas libres en su gracia.
El fruto de esta conversión para mí es la gratitud constante que siento en el alma, el deseo de agradar a Dios Padre, es la perseverancia en la oración diaria, la Comunión frecuente y la confianza absoluta que me lleva a repetir cada día:
«Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío».
Aunque lleguen nuevas cruces, sé que Él, el Padre Celestial y su Santo Espíritu son uno, y que nunca me sueltan. La fe me enseña y me ayuda cada día a no juzgar, a perdonar de corazón, a descubrir en cada persona un regalo del Cielo y que en cada herida hay una oportunidad preciosa para unirse más íntimamente a su Cruz y a su Corazón traspasado.
Por eso nació My Living Heart: para que, a través de la Palabra de Dios, volvamos a ser niños, y sigamos un camino sencillo para vivir cada día más profundamente pegaditos en el Corazón de Jesús.
Que el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María nos bendigan y nos guíen siempre.
Amén.
