Hoy no encuentro palabras para expresar la gratitud profunda de mi alma a Dios Padre.
Porque incluso cuando yo no entendía lo que estaba viviendo, Él nunca dejó de sostenernos.
Como bien dice una amiga, en la vida a veces se gana y otras veces se aprende.
Hace pocos días cerré una etapa de muchos años, una etapa que atentó contra mi vida, mi salud, mi estabilidad y la de mis hijos. No fue un final fácil, pero sí necesario.
Fue un tiempo lleno de aprendizajes: algunos forzados, otros elegidos, otros incomprensibles e injustos, otros inevitables. Todos dolorosos. Aun así, hoy puedo decir que el Padre fue inmenso. En todo momento nos sostuvo, incluso cuando yo creía que ya no tenía fuerzas.
Durante mucho tiempo pensé que vivía una historia construida sobre amor, cuidado y protección. Lo creí sinceramente. Sin embargo, al mirar atrás, comprendo que la realidad fue muy distinta. Sin darme cuenta, o quizá sin querer verlo, y sin escuchar la voz del Espíritu Santo que me advertía, me vi atrapada en una experiencia marcada por la manipulación, la mentira, la deshonestidad y la falsedad, junto a otros comportamientos y vicios dañinos que con el tiempo descubrí y salieron a la luz. Y todo se vuelve aún más complejo cuando se arrastran antecedentes de malos tratos y violencia familiar.
Pero nada de eso era casual. Todo respondía a un mismo patrón: mantener el control, castigarme y alimentar una necesidad de superioridad sostenida por el sufrimiento ajeno. Durante la relación sufrí manipulación emocional y gaslighting: se negaban hechos evidentes, se reescribía la realidad y se me culpaba de todo. Ese desgaste psicológico constante afectó no solo a mí, sino también a mis hijos, y en algunos momentos escaló hacia la violencia física contra mí.
Cuando decidí huir para protegernos, pasé a ser blanco de acoso, odio y venganza por parte de alguien en quien confié y a quien amé profundamente.
La violencia se intensificó. Viví estallidos de ira expresados en mensajes enviados a familiares, amigos y clientes, cargados de insultos, humillaciones y amenazas veladas, atacando mi apariencia, mi valor personal y mi dignidad profesional.
También atravesé campañas de difamación e intentos de aislamiento social. Se difundieron mentiras sobre mi supuesta inestabilidad emocional y sobre los motivos de la ruptura, con el fin de presentarse como víctima y desacreditarme ante quienes me rodeaban.
A ello se sumó el abuso legal, financiero y parental: amenazas, relatos falsos dirigidos a mis hijos y a mi familia, ocupación de inmuebles, y el uso del sistema judicial como herramienta de desgaste mediante demandas infundadas, acoso y vigilancia continuos, con el único objetivo de prolongar el sufrimiento.
Y aun así, fue en ese momento cuando el Sagrado Corazón de Jesús, una vez más, me me tomó de la mano y elegí la vida. Me mostró verdades que hoy sostienen mi camino:
que amar no es justificar la mentira ni el engaño; que en el amor no todo vale;
que no todas las personas se acercan con la misma honestidad y entrega que tú ofreces;
que algunas personas se acercan para usar, abusar y manipular según su conveniencia;
para arrasar con tu salud, tu vida, tu economía y lo que has construido;
para ridiculizar y apagar tu fe, tu esperanza y tus sueños;
y que muchas veces hieren apoyándose en tu creencia de que “el amor todo lo puede”.
Y sí, el amor todo lo puede… cuando se vive de la mano de Dios.
Y comprendí algo profundamente liberador: solo Él, y nadie más que Él, es a quien debo agradar.
Hoy esa etapa ha quedado atrás.
Mi familia y yo estamos a salvo.
Hoy puedo ver cómo mi Padre Celestial transformó ese tiempo oscuro en un profundo proceso de reconstrucción interior. Me rodeó de personas maravillosas y generosas que nos apoyan, nos guían, nos asesoran, oran por nosotros y nos acompañan con verdadero amor. Agradezco de corazón a cada uno de ellos, mi familia y a mi familia de EMAUS.
El Padre me concedió un espíritu más fuerte, sueños más grandes, y encendió en mi alma una fe y una confianza inquebrantables, que sigo aprendiendo a cuidar cada día.

Hoy sé que las caídas no son finales, sino oportunidades para levantarse, para aprender a esperar, para ser valientes y luchar, para no apagar la luz interior ni renunciar a los sueños.
Como dicen mis hijos, empiezo una vida nueva, una vida en la que ser fiel a quien soy sí importa.
Por eso celebráramos, y hoy elijo mantenerme firme en la fe, alegre en la esperanza y constante en el amor.
Hoy elijo seguir.
Hoy mi voz dice: sí, voy. Hágase en mí.
Y pase lo que pase…no apagaré la luz de mi alma.

¡Sagrado Corazón de Jesús en Tí confío! ❤️🔥🙏